Cada año se realizan en Estados Unidos miles de estudios clínicos remunerados.

Hay un gran número de voluntarios dispuestos a participar en estos experimentos. Algunos son migrantes y personas de bajos ingresos que buscan la manera de pagar gastos básicos como vivienda, alimentación y transporte.

De acuerdo con la agencia británica BBC, las grandes compañías farmacéuticas de Estados Unidos no pueden poner a la venta sus productos si su eficacia y seguridad no han sido probadas antes en humanos. También tienen que contar con luz verde por parte de la Administración de Alimentos y Medicamentos estadounidense.

Pero estas investigaciones con humanos también comportan riesgos, aunque no todos estos «conejillos de Indias» se exponen a los mismos.

Mientras los estudios de primera fase pueden potencialmente ser más peligrosos, los de fase dos, tres y cuatro no suelen implicar más que algunos efectos secundarios como náuseas, pérdida del cabello, erupciones cutáneas o visión borrosa.

Este es el testimonio de un ciudadano cubano de 49 años al que llamaremos «L.», y que emigró a Miami en 2013.

Ese mismo año, debido a las serias dificultades económicas que atravesaba, se inscribió como voluntario en su primer estudio.

Desde entonces ha recorrido medio país, de una clínica a otra, participando en todo tipo de estudios clínicos a cambio de dinero.

Esta es mi filosofía: no le tengo mucho miedo a la muerte, ni mucho apego a la vida, relata.

Quizás cuando esté muriéndome en la cama me lamente de haber puesto mi salud en riesgo por ganar 6,000 dólares en 15 días. Pero ¿dónde tú ganas tanto dinero en tan poco tiempo en Miami?

El primer estudio clínico que hice fue por una situación de emergencia. Vivía solo, en un cuartico de 4×4 dentro de una casa tráiler. Trabajaba como periodista para una publicación digital que quebró.

Una amiga cubana llevaba alrededor de seis años haciéndose estudios clínicos remunerados. Se ganaba la vida así porque no le gustaba trabajar para los gringos. «Los gringos son unos explotadores», me decía.

En 2017 participé en un estudio en Dallas, Texas, que pagaba 7,000 dólares por 23 días de ingreso. De esos 23, estuve al menos 18 con diarreas.

No fue un estudio malo, porque solo me sacaban sangre dos veces al día. Pero tuve muchas diarreas y regresé a mi casa muy flaco.

Ya tengo 49 años y cuando pasas de los 55 quedan muy pocos estudios en los que te admiten. Las edades para las que más hay están en el rango de los 18 a los 45.

La persona que quiera vivir de esto tiene un tiempo limitado, concluye.

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